La renuncia de Javier Milei a tratar de restaurar el estragado tejido político argentino le pasa factura en el año electoral del modo más inconveniente.
La renuncia de Javier Milei a tratar de restaurar el estragado tejido político argentino le pasa factura en el año electoral del modo más inconveniente.
El acuerdo con el FMI desenfrenó los movimientos especulativos en tono al dólar debido a la flexibilización del cepo cambiario. Como todos sus predecesores, atribuye a la malevolencia de conspiradores lo que en el fondo no es más que el producto de su incapacidad para generar confianza en la sustentabilidad de su programa.
Las insistentes intervenciones del ministro de Economía Luis Caputo para rechazar las posibilidades de una devaluación provocan un efecto contrario al deseado por una razón sencilla, que es cultural. El poder persuasivo de las construcciones teóricas y técnicas sobre cantidad de pesos, bases monetarias, reservas del Banco Central, etc., se estrella contra una experiencia histórica invariable: desde el célebre "el que apueste al dólar, pierde" que Lorenzo Sigaut pronosticó en 1981, cada vez que los Gobiernos salieron a negar devaluaciones, éstas se precipitaron.
El fenómeno libertario será muy disruptivo, pero no llegó a conmover la arraigada desconfianza nacional hacia las promesas de sus próceres económicos.
Especuladores habrá, también conspiradores, pero hasta el más seco de los argentinos en condiciones de hacerlo compra dólares en cuanto olfatea la corrida. Los esfuerzos retóricos de Caputo complementan la desesperación por conseguir “desembolsos importantes” del FMI antes de las elecciones de octubre. Son como una clarinada a tomar recaudos que los innumerables antagonistas que Milei se encargó de apilar a fuerza de agravios y ninguneos amplifican.
De acuerdo con el mismo INDEC que le ofreció la baja de la pobreza, los argentinos tenían fuera del sistema financiero nacional –“en el colchón", cuentas en el exterior o cajas de seguridad- US$271.247 millones al cierre del año pasado. La cifra representa más de 8 veces las reservas brutas del BCRA y equivale a cerca de la mitad del PBI anual. Es más de diez veces lo que desembolsaría el FMI, no se sabe en qué secuencia.
Nada ha pasado desde diciembre que habilite suponer que esta situación ha variado. Más bien parece lo contrario.
El “blanqueo más exitoso de la historia” consiguió ingresar solo US$22.165 millones según ARCA. Es decir: menos del 10% del total de ahorros estimados que los argentinos mantienen fuera del sistema local.
En más de una oportunidad Milei calificó su programa como un “experimento” e incluso llegó a decir que si le salía bien se haría acreedor al Premio Nobel, pero ocurre que la tarea de gobernar demanda más solidez política e institucional que audacia teórica. Es lo que tenía Carlos Menem, aun cuando las condiciones macroeconómicas fueran más precarias que ahora.
La aceleración de los tiempos en la decadencia argentina es un dato incontrastable. Mauricio Macri consiguió ganar las elecciones de medio término en 2017 antes de ir con la escupidera al FMI. Milei se ve urgido antes del proceso que establecerá las coordenadas parlamentarias del segundo tramo de su mandato.
¿Cómo pedirle confianza al FMI? Cualquiera sea la opinión que se tenga del organismo, debe considerarse su experiencia con la Argentina.
Libró el préstamo más grande de su historia institucional para oxigenar a Macri en 2018 y perdió. Renegoció con el ministro de Economía de Alberto Fernández, Martín Guzmán, que logró en 2022 el acuerdo del 80% del Congreso para el nuevo acuerdo, en contra del kirchnerismo y de la izquierda, pero a los tres meses ya tuvo que entrar en tratativas con Sergio Massa embalado para competir por la Presidencia. Perdió Massa en 2023 y comenzó el calvario con la gestión de Milei, con una particularidad: el que negocia es el mismo Luis Caputo del fracaso de 2018, que pide “desembolsos importantes” a las puertas del año electoral.
Blande, ante el organismo de crédito internacional y la sociedad argentina, la novedosa doctrina del Manosanta de Alberto Olmedo: “Y… si no me tienen fe”.