miércoles 26 de febrero de 2025
Opinión

El destino de Ucrania, entre Munich y Ryad

Carlos Pérez Llana

Profesor de Relaciones Internacionales de las Universidades Di Tella y Siglo 21.

Publicado en Clarín

En el discurso de Vladimir Putin en la Conferencia de Munich del 2007 se encuentra la clave de bóveda de lo que hoy ocurre en torno a la guerra de Ucrania. En aquel año, Putin advirtió al “mundo de la OTAN” allí presente, que Rusia nunca admitiría la humillación que supuso la desaparición de la Unión Soviética.

En otras palabras, se comprometió a terminar con el ciclo de decadencia que había llevado a Rusia a aceptar su devaluación estratégica. Esa gran “catástrofe geopolítica”, se convirtió en el sustento de un nuevo proyecto imperial que ahora aflora en virtud de la incomprensible mutación de la política exterior americana.

En aquella fecha Moscú adoptó una hoja de ruta estratégica que Putin nunca abandonó y que sus oyentes soslayaron. En 18 años el amo del Kremlin nunca cambió, fue persistente y coherente y con la llegada de Trump, se dieron las condiciones para restaurar el liderazgo ruso potenciado con la invasión y aupado por la alianza establecida con China.

Ahora, nuevamente en Munich, el vicepresidente americano J.D Vance y el Secretario de Defensa Pete Hegseth tuvieron a su cargo el discurso obituario de la OTAN. Los “tres No” del responsable del poder militar americano tienen un significado: reconocen que en esa ciudad Putin tuvo razón en el 2007. Sostuvo que Ucrania no recuperará sus tierras invadidas, que no ingresará a la OTAN y que los EE.UU no la defenderán.

Paralelamente el Vicepresidente le declaró la guerra ideológica a sus “socios” europeos. Días antes ya los había enfrentado en París, en la Conferencia sobre Inteligencia Artificial donde asumió la defensa del capitalismo tecnológico americano que no acepta las reglamentaciones que postula la Unión Europea.

Simultáneamente, rechazó el concepto de amenaza externa, para los EE.UU la amenaza a Europa radicaría en los ataques a los medios de información que adhieren al proyecto neoliberal y en la misma Alemania manifestó su apoyo al Partido Alternativa, el núcleo político de la extrema derecha germana. Y para que no quedaran dudas, el Vicepresidente rechazó un encuentro con la máxima autoridad alemana, el canciller Scholz.

Así hoy es posible establecer un curioso paralelismo: en 1938, en la Reunión de Munich, el temor al nazismo llevó a los gobiernos europeos a permitir que tropas de Hitler anexionaran tierras checas para “frenar” los reclamos del nazismo. Ahora, nuevamente en Berlín y sin consultar a la víctima ucraniana, los funcionarios americanos impulsaron las negociaciones diplomáticas que se celebraron en la capital Saudí, Ryad.

En esa reunión la posibilidad de resistencia ucraniana quedó muy limitada y Moscú impulsó todo tipo de acciones destinadas a obtener la renuncia del Pte. Zelensky.

Un verdadero cisma, como el que dividió a Europa entre Oriente y Occidente, quedó consagrado en Europa. Ya hubo antecedentes semejantes y por esa razón Washington no puede repetir el argumento “del apuro” para evitar dramas mayores.

El discurso fue el mismo cuando Rusia invadió Georgia en el año 2008. Como ayer, Trump establece una prioridad, el cese del fuego. Ese discurso, seudo humanitario, significa que ambas partes se detienen en sus posiciones y obviamente resulta ganador el invasor. En aquella ocasión Rusia ocupó el 20% del territorio georgiano y hasta hoy se mantiene. En los hechos la mutilación quedó consagrada la mutilación de Georgia.

Ahora la presión de Washington sobre el presidente Zelenski impacta. Es acusado de dictador en base a dos argumentos: su mandato presidencial terminó y las encuestas lo sancionarían. En verdad su mandato electoral venció durante la invasión, pero de acuerdo a las normas constitucionales se habilitó automáticamente una prórroga del mandato. En cuanto a las encuestas es cierto que Zelenski ha caído, pero en las mediciones alcanza un apoyo superior al 50% y ningún personaje de la política le hace sombra.

Obviamente Trump busca ganancias que se traducen en una insólita demanda: para pagar la ayuda militar americana, que la estima en 500.000 millones de Dls, demanda la cesión de las inmensas reservas en “tierras raras”, utilizadas en sectores económicos estratégicos. Ese mismo apetito explica el interés de Trump por la isla de Groenlandia. No existen datos que avalen esta diplomacia depredadora, el Instituto de Kiel trabaja sobre números concretos de la ayuda a Ucrania y estima que la americana alcanza desde el 2022 a la fecha a 114.200 millones de Dls - cifra inferior a la ayuda europea- y gran parte de esos fondos se destinaron a la compra de armas americanas.

La “diplomacia transaccional” de Trump funciona. El método está asociado a su experiencia inmobiliaria: no existen alianzas durables, todo depende de las relaciones de fuerza del momento, puede respetar a adversarios y maltratar a viejos aliados. Este método está basado en la rentabilidad inmediata. Decididamente, el método Trump impide la consolidación de relaciones de confianza.

Por esa razón Pekín se prepara. El presidente Xi juzga que Trump desmantelará los cimientos de la hegemonía americana y cambió su agenda: acaba de convocar a los máximos dirigentes de las empresas privadas que el mismo poder había alejado. Con gran pompa Xi recibió, entre otros, a los ejecutivos de BYD, Huawei, Meitum y a la actual estrella de la Inteligencia artificial DeepSeek. También rehabilitó a Jack Ma, dueño de Alibaba.

Una nueva lectura se impone: China entiende que puede capitalizar el error de su competidor global, los Estados Unidos.

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