sábado 31 de octubre de 2026
Editorial

Algo para ver

Un nutrido grupo de personas, en su mayoría jóvenes y adolescentes pero también adultos, se manifestó el último jueves para pedir que no haya nuevos casos de bullying en las escuelas. Mucha o poca gente, valoración que dependerá del ojo que la juzgue, no se puede negar que en la movilización hay algo para ver, un lugar al que poner el foco.

Se han escuchado en los últimos días reclamos legislativos para avanzar sobre políticas que combatan el acoso escolar, propuestas de reactivación de consejos multidisciplinarios, dudas sobre la existencia de los gabinetes psicopedagógicos, planteos sobre la precariedad de las condiciones en las que trabajan esos gabinetes, iniciativas que buscan trabajar sobre la educación emocional de nuestros menores.

Todas propuestas muy loables que en definitiva tienen un punto de origen: el rol de los adultos es fundamental a la hora de prevenir estas situaciones. Desde los padres y su método de crianza, hasta los docentes que muchas veces presencian los hechos de acoso. Hay algo para ver ahí, es lo que nos están pidiendo los chicos y en eso debería estar puesta nuestra atención.

El bullying no nace en el recreo ni es exclusivo de las escuelas. Se aprende, se tolera o se frena según lo que los chicos ven en los adultos que los rodean. En casa, un hijo que escucha burlas naturalizadas, que ve la humillación como chiste o que no encuentra un espacio para contar lo que le pasa, difícilmente sepa que lo que vive o ejerce tiene un nombre y un límite. En la escuela o en el club, un docente que mira para otro lado, sea por sobrecarga, por falta de herramientas o por miedo a meterse, deja un mensaje tan contundente como cualquier palabra: que esto es parte del paisaje.

El bullying no nace en el recreo ni es exclusivo de las escuelas. Se aprende, se tolera o se frena según lo que los chicos ven en los adultos que los rodean. El bullying no nace en el recreo ni es exclusivo de las escuelas. Se aprende, se tolera o se frena según lo que los chicos ven en los adultos que los rodean.

No se trata de buscar culpables, sino de asumir responsabilidades. Las familias deben acompañar, escuchar y poner límites sin delegar todo en la institución; las escuelas necesitan protocolos claros que se conozcan y se cumplan, con equipos profesionales que no trabajen a pulmón; y el Estado debe sostener en el tiempo lo que hoy suele aparecer solo después de cada caso resonante. Una ley o un consejo sin presupuesto ni seguimiento es apenas una declaración de buenas intenciones.

Tampoco alcanza con intervenir cuando el daño ya está hecho. Prevenir exige que los adultos sepan reconocer las señales: el chico que de golpe no quiere ir a la escuela, el que se aísla, el que cambia su humor o su rendimiento. Exige también canales de confianza entre familias y docentes, donde avisar no sea molestar ni denunciar sea quedar expuesto. Sin ese puente, los chicos quedan solos con un problema que no pueden resolver por sí mismos.

La marcha del jueves fue, en definitiva, una interpelación. Los chicos salieron a la calle a decirnos que ven lo que pasa y que esperan que alguien haga algo. La pregunta que nos queda a los adultos es si vamos a estar a la altura de ese pedido o si esperaremos a la próxima convocatoria para volver a mirar. Hay algo para ver, sí. Lo urgente es que, esta vez, también hagamos algo con lo que vemos.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar